miércoles, 8 de abril de 2026

Uy

 Cuando la Gestapo puso precio a su cabeza por cinco millones de francos, no perseguía a una espía cualquiera, sino al «Ratón Blanco».


Perseguía a Nancy Wake.


Se convirtió en una leyenda, moviéndose entre las sombras y golpeando cuando nadie lo esperaba. En 1943, las calles de Marsella estaban llenas de soldados y de carteles de búsqueda, cada uno ofreciendo una recompensa por una mujer inalcanzable. Los nazis estaban desesperados. No sabían su verdadero nombre y no imaginaban que, a veces, su enemiga más buscada podía estar sentada tranquilamente en la terraza de un café, viéndolos pasar.


No era solo una espía.


Era la resistencia.


Nacida en Nueva Zelanda en 1912, Nancy creció en Australia. A los dieciséis años dejó el hogar familiar con una pequeña herencia y una necesidad profunda de ir más allá. De joven trabajó como periodista en Europa y se volvió aguda, observadora e intrépida. Pero todo cambió cuando fue testigo del auge del nazismo en Viena. Lo que vio allí la marcó para siempre.


Tomó una decisión en silencio.


Iba a luchar.


Cuando Francia cayó bajo la ocupación, Nancy no huyó. Se unió a la Resistencia francesa, usando su encanto y su seguridad para atravesar controles que detenían a otros. Con una sonrisa serena, transportaba mensajes, guiaba a pilotos aliados hacia un lugar seguro y desaparecía en cuanto el peligro se acercaba.


Así fue como ganó su apodo.


«El Ratón Blanco».


Pero la persecución se intensificó.


Al final, se vio obligada a escapar a través de los Pirineos, en una travesía peligrosa que la llevó a Inglaterra. Allí tampoco encontró descanso.


Se entrenó.


Se integró en el Special Operations Executive, donde aprendió a usar explosivos, a combatir y a actuar en la guerra de guerrillas. En 1944 regresó a Francia, lanzada en paracaídas sobre los bosques de Auvernia.


Al principio, muchos dudaron de ella.


Después demostró quién era.


Dirigió a miles de resistentes, planeó ataques y encabezó misiones que alteraron las operaciones nazis. Recorrió unos 500 kilómetros en bicicleta por territorio enemigo para restablecer una línea de comunicación cortada. En combate, luchó junto a sus hombres, y llegó a matar a un centinela con sus propias manos para proteger a su equipo.


El enemigo no logró capturarla.


Entonces fueron a por otra persona.


Su marido.


Henri Fiocca fue capturado, torturado y ejecutado por negarse a traicionarla. Cuando Nancy supo la verdad, no se detuvo.


Siguió luchando.


Al final de la guerra, se había convertido en una de las mujeres más condecoradas de las fuerzas aliadas. Recibió numerosas distinciones, pero las medallas no fueron lo que la definió.


La definieron sus actos.


Nancy Wake vivió con esa misma fuerza mucho después del final de la guerra y murió en 2011, a los 98 años.


Su historia no es solo una historia de guerra.


Es una historia de voluntad.


De negarse a ceder.


Porque cuando el mundo se oscurece, son personas como ella las que lo empujan de nuevo hacia la luz.


Y ella demostró que una sola persona puede cambiar el curso de la historia.


Fuente: National Archives of Australia ("Second World War heroine Nancy Wake", 2010)

El Dios que no cambia

 



A lo largo de la historia, muchas personas han cuestionado el actuar de Dios en el Antiguo Testamento. Algunos críticos sostienen que el Dios que aparece allí parece severo, especialmente cuando se narran juicios contra naciones paganas donde murieron hombres, mujeres y niños. Según esta perspectiva, ese actuar parecería incompatible con la imagen de amor y misericordia que se presenta de Dios en el Nuevo Testamento. A partir de esto surge una pregunta frecuente: ¿cambió el carácter de Dios?, ¿son dos dioses distintos el del Antiguo y el del Nuevo Testamento?, ¿debió Dios mostrar más compasión hacia aquellas naciones? 

Sin embargo, cuando la Biblia se estudia en su totalidad, se descubre que Dios no cambia y que su carácter es perfectamente coherente a lo largo de toda la Escritura.La Biblia afirma claramente que Dios es inmutable. En Malaquías 3:6 Dios declara: “Porque yo Jehová no cambio”. De igual manera, Hebreos 13:8 afirma que Jesucristo es “el mismo ayer, y hoy, y por los siglos”.

Esto significa que el Dios del Antiguo Testamento es el mismo del Nuevo Testamento. Su carácter incluye amor, pero también justicia, santidad y verdad. Cuando algunas personas perciben una diferencia entre ambos testamentos, generalmente se debe a que observan solo un aspecto del carácter de Dios y no su totalidad.En el Antiguo Testamento Dios es presentado como un Dios lleno de misericordia y paciencia. En Éxodo 34:6 se describe a Dios como “misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad”. 

A lo largo de siglos, Dios soportó la maldad de muchas naciones antes de ejecutar juicio. Un ejemplo claro se encuentra en Génesis 15:16, cuando Dios le dice a Abraham que su descendencia regresaría a la tierra prometida después de cuatro generaciones, “porque aún no ha llegado a su colmo la maldad del amorreo”. Esto muestra que Dios no actuaba de manera impulsiva ni cruel; al contrario, daba tiempo para el arrepentimiento.Las naciones que fueron juzgadas por Dios practicaban actos profundamente perversos según el testimonio bíblico y la evidencia histórica. Entre estas prácticas estaban la idolatría extrema, la inmoralidad sexual ritual, la violencia y, especialmente, el sacrificio de niños a sus dioses, como se menciona en Deuteronomio 12:31 y Levítico 18:21. Estas prácticas no solo corrompían a esas sociedades, sino que también amenazaban con contaminar espiritualmente al pueblo de Israel, que había sido llamado a ser un pueblo santo para revelar a Dios al mundo. Los juicios divinos contra esas naciones tenían también el propósito de frenar la expansión de esa corrupción moral y religiosa.Otro aspecto importante es que Dios siempre mostró misericordia incluso hacia los paganos.

La Biblia presenta numerosos ejemplos de personas no israelitas que recibieron la gracia de Dios. Rahab, una mujer cananea de Jericó, fue salvada junto con su familia por haber creído en el Dios de Israel. Rut, una mujer moabita, llegó a formar parte del linaje del rey David y finalmente del Mesías. El libro de Jonás muestra a Dios enviando un profeta a la ciudad pagana de Nínive para advertirles y darles oportunidad de arrepentirse. Cuando los ninivitas se humillaron, Dios tuvo compasión de ellos y no los destruyó. Estos ejemplos revelan que la misericordia de Dios nunca estuvo limitada a una sola nación.Además, el Nuevo Testamento también presenta a Dios como juez. Muchas veces se olvida que Jesús habló con claridad sobre el juicio final, el infierno y la condenación del pecado. 

En Mateo 25 se describe el juicio de las naciones, y en Apocalipsis se anuncian juicios divinos sobre el mundo. Esto demuestra que el Dios del Nuevo Testamento sigue siendo justo y santo. La diferencia principal es que, con la venida de Cristo, Dios manifestó de manera plena su plan de salvación, ofreciendo gracia y perdón a todos los pueblos mediante la obra redentora de Jesús.Por lo tanto, no existen dos dioses distintos ni un cambio en el carácter divino.

El mismo Dios que juzgó el pecado en el Antiguo Testamento es el que ofrece salvación en el Nuevo Testamento. Su amor no elimina su justicia, y su justicia no contradice su amor. Ambos atributos forman parte de su naturaleza perfecta. Cuando Dios ejecutó juicio contra ciertas naciones, lo hizo como juez santo frente a la maldad persistente, después de largos periodos de paciencia. Y cuando ofrece salvación al mundo en Cristo, lo hace movido por el mismo amor que siempre ha tenido por la humanidad.

La Biblia, en su conjunto, presenta un mensaje coherente: Dios es santo y no puede tolerar el pecado indefinidamente, pero también es misericordioso y desea que las personas se arrepientan y vivan. Como dice 2 Pedro 3:9, Dios “no quiere que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento”. Así, los juicios del pasado y la gracia ofrecida en el presente no son contradicciones, sino expresiones de un mismo Dios justo, santo y lleno de amor.

W. Delgado




sábado, 21 de marzo de 2026

El Rompe Huesos

 


  En las vacaciones de 1968, el Parque Fátima de Chorrillos y las casas que lo rodeaban guardaban muchas historias. Yo era apenas un niño, pero aún puedo ver con claridad aquellos días en que el barrio parecía un mundo entero y la vida transcurría entre risas, polvo y aventuras.

  Por entonces, cerca de nuestras casas corría un pequeño río que serpenteaba entre chacras, maizales y campos de cultivo. La zona todavía conservaba algo de campo, a pesar de estar tan cerca de la ciudad y de la Escuela Militar. Había establos y pequeñas ganaderías, y mi madre solía regresar con leche fresca que compraba en uno de ellos. Recuerdo perfectamente la nata espesa que quedaba flotando en la olla. Yo la miraba con asombro mientras ella la servía en un tazón. Luego nos la bebíamos sin pensarlo dos veces.

  ¡Qué tiempos aquellos!

  En el barrio había niños que apenas salían de sus casas y otros que parecían vivir en la calle. Yo logré hacer amistad con varios de ellos. Vivían en los callejones cercanos a mi casa, en viviendas modestas pero llenas de vida. Sus familias madrugaban para trabajar y asegurar el sustento diario. Aun así, siempre encontraban tiempo para saludarse, conversar o reír.

  Entre nosotros no hacían falta muchos juguetes. Nuestra imaginación bastaba.

  Uno de nuestros mayores orgullos era el carro-patín. Lo construíamos con nuestras propias manos: dos maderas cruzadas, una pequeña y otra larga; cuatro rodajes bien ajustados; y un pabilo que servía para dirigirlo. Cuando terminábamos de armarlo y lo aceitábamos bien, nos parecía que habíamos construido una máquina extraordinaria.

  Para nosotros, aquellos carros eran auténticos bólidos de carreras.

  Los llevábamos hasta la bajada de los autos de la playa de Agua Dulce. Allí, entre gritos y empujones, comenzaban las competencias. Un amigo empujaba desde atrás mientras el otro se dejaba llevar cuesta abajo, a toda velocidad.

  Corríamos sin miedo.

  No había premios ni trofeos. Bastaba con llegar primero y escuchar los vítores de los demás.

  Así nacían nuestras carreras.

  Después venía la canga. Usábamos dos palos de escoba viejos: uno largo y otro pequeño. El juego consistía en golpear el más corto para hacerlo saltar por el aire y volver a impulsarlo lo más lejos posible. El que lo enviaba más lejos ganaba la partida.

  También estaban las bolitas de vidrio. Jugábamos a los ñocos, pequeños hoyos que cavábamos en la tierra. Allí apostábamos nuestras mejores canicas: las lecheras, los bolones transparentes y otras que brillaban al sol como pequeñas joyas. Algunas terminaban muy quiñadas después de tantas partidas, pero seguían siendo las más codiciadas.

  Y no podía faltar el trompo.

Había verdaderos maestros capaces de hacerlo bailar durante largos segundos sobre la tierra. Pero también estaba el temido juego de la “cocina”. Allí, los trompos de los novatos sufrían el castigo de los más expertos y terminaban astillados o completamente destruidos.

  Sin embargo, el verdadero rey de nuestros juegos era el fútbol.

 En el parque cercano a nuestras casas improvisábamos la cancha. Jugábamos descalzos, sobre tierra dura y piedras. No había césped ni uniformes elegantes como en el colegio. Allí se jugaba a lo macho, aguantando el dolor sin quejarse.

  Era nuestra manera de demostrar que estábamos creciendo.

  Muchas veces nos enfrentábamos a muchachos mayores que nosotros. Algunos tenían dieciocho o veinte años, mientras varios de nosotros apenas llegábamos a los once o doce. Pero eso no nos importaba.

  El partido era el partido.

 Cada centro al área debía terminar en gol. Cada saque de esquina se celebraba como si fuera una jugada histórica.

  A veces caminábamos largas distancias para ver jugar a los mayores. Bajábamos por los cerros hasta llegar a la famosa Cancha de los Muertos. Era un pequeño estadio improvisado cerca de un antiguo cementerio que quedaba junto al túnel por donde, años atrás, había pasado un tranvía rumbo a la playa La Herradura.

  El lugar tenía un aire misterioso.

 Allí se organizaban campeonatos donde jugaban equipos invitados de provincias. El fútbol se vivía con intensidad: patadas, barridas, jugadas audaces y discusiones interminables. Todo formaba parte del espectáculo.

    Para nosotros era una escuela.

   Pero el momento que nunca olvidaré ocurrió una tarde cualquiera en nuestro parque.

  El partido estaba muy reñido. Corríamos de un lado a otro levantando polvo. Yo perseguía el balón cuando choqué con uno de mis amigos. Fue un encontrón fuerte, pero en medio del juego apenas lo noté.

  —¡Foul mío! —dije, casi sin detenerme.

  Seguimos jugando.

  Más tarde comenzaron los murmullos.

  Mi amigo se había fracturado ligeramente. Nadie me lo dijo de frente, pero el rumor corrió entre los muchachos. Desde entonces algunos empezaron a llamarme, medio en broma y medio en serio, “el rompe huesos”.

   Yo no lo supe de inmediato.

   Tiempo después, mi amigo me lo confesó. Me dio mucha pena saber que lo había lastimado. Estuvo con yeso durante una temporada y no pudo jugar.

   Pero la amistad siguió intacta.

 Cuando comenzó el siguiente campeonato, allí estábamos otra vez, corriendo detrás del balón como si nada hubiera pasado.

  Los años pasaron rápido.

  Mi familia se mudó a otro distrito y tuve que dejar atrás el barrio, el parque y a mis amigos. Sentí que una parte de mi vida quedaba suspendida en aquellas calles.

  Tiempo después regresé para buscarlos.

  Algunos aún estaban allí. Habíamos crecido, pero bastó vernos para abrazarnos y recordar nuestras aventuras. Hablamos durante horas, como si los años no hubieran pasado.

Fuimos a ver nuestra antigua cancha.

  El lugar seguía allí, silencioso, guardando las huellas invisibles de nuestros partidos.

   Pero el tiempo siguió su camino.

  Cuando regresé otra vez, un año después, encontré algo que no esperaba. Los callejones habían desaparecido. En su lugar se levantaban nuevas residencias.

   Mis amigos ya no estaban.

  Los niños que jugaban allí eran otros. Los perros que ladraban al desconocido también eran distintos.

 Comprendí entonces que el barrio que había conocido existía solo en mi memoria.

 Los que viven ahora nunca supieron que allí jugaron los palomillas de antes y los atrevidos del mañana.

  Entre todos ellos estaban el Pito, el Sacalagua, el Cholo… y también aquel muchacho al que un día comenzaron a llamar el Rompe Huesos.

  Ese muchacho era yo.

 Y aunque el tiempo haya cambiado las calles, nunca he dejado de recordar aquellos días en que el mundo cabía entero dentro de un parque, una pelota y la amistad de unos niños que soñaban con ser grandes.

Roque Puell Lóoez - Lavalle



miércoles, 7 de enero de 2026

Amanda

 


A quien extrañé mucho tal como eras: sencilla, valiente y socarrona. Yo nunca te olvidaré, porque aunque ahora no pueda verte, siempre te recordaré en mis momentos más hondos.

Disfruté el atardecer mágico de tus palabras, de tus pensamientos aún frescos en el tintero, y hasta de aquellos pequeños regaños por mi sombrero. Y si alguna vez me faltara la evidencia de tu paso por mi vida, bastaría tu fotografía para recordarme que tu semblante nunca se fue del todo. Se quedó en la tierra de la Ermita, pero vivirá por siempre en mi corazón.

Por eso mismo, mujer, porque entre nosotros hubo aquel mágico encuentro en un café y tantas charlas compartidas que jamás pudimos olvidar. El aroma del ambiente citadino, el discurrir del tiempo entre palabras y nuestra sorpresa ante una humanidad sin rumbo, todo terminaba entre risas y miradas dirigidas a quien nos creó. ¿Verdad?

Te quise mucho por quien fuiste, y un poco más porque eras un volcán de fuego mientras yo apenas supe ser un simple guajolote, pero cómplice de tus locuras. Porque tu vida era, para mí, lo más importante.

Así como Dios te trajo al mundo —sensible y brincona— así también partiste, silenciosa, hacia el misterio del que nadie regresa. Yo lo presentí, porque ya no te veía con la misma frecuencia y, aunque morabas muy lejos, una corazonada comenzó a crecer dentro de mí, como un susurro que el alma no logra explicar.

Y entonces llegó la noticia.
Rauda habías corrido hacia los brazos del Eterno.

Yo quedé aquí, detenido en el tiempo, sorprendido por la tristeza que golpeó mi puerta. Y entre el silencio de mis recuerdos comprendí que hay ausencias que no se marchan del todo, porque siguen viviendo en la memoria, en los gestos compartidos y en la huella invisible que dejan las almas verdaderas.

Por eso, Amanda, aunque la vida haya cerrado nuestros caminos, tu recuerdo seguirá caminando conmigo, como una luz serena que ni el tiempo ni la distancia podrán apagar.

Roque Puell López Lavalle

Clic: https://www.youtube.com/watch?v=4ANlMmL91NI        

Uy

 Cuando la Gestapo puso precio a su cabeza por cinco millones de francos, no perseguía a una espía cualquiera, sino al «Ratón Blanco». Perse...